Nera y yo

Duelos, aprendizajes, sorpresas

Uno de los momentos más significativos que he vivido este año ha sido la muerte de Nera, la perrita que ha acompañado y formado parte de mi familia durante los últimos 13 años. El 12 de abril de 2024 se le practicó la eutanasia en casa, en su camita. Me sería imposible expresar todo lo que Nera ha sido para mí, con todo el amor, felicidad y crecimiento que ha traído a mi vida. También sería imposible expresar el cariño que ella sentía por mí: ¿quién se atreve a poner en palabras el amor de un perro? Ha sido una parte importantísima de mi vida desde que llegó hasta que se fue, y más allá.

He sufrido mucho con su vejez, haciéndome a la idea de que no le quedaba tanto tiempo de vida y acompañando sus últimas semanas y días. Y también he aprendido mucho en el proceso, y en este texto me gustaría reflejar algunas de esas vivencias y aprendizajes. Querría que este texto sea un testimonio y recordatorio ante mí mismo, y también que pueda ser un recurso para otras personas.

Qué me ayudó, durante su vida y enfermedad

Nera y yo

Veterinarias humanas. Hay servicios veterinarios que tratan a los animales como máquinas que hay que mantener funcionando a toda costa, cortando y operando lo que haga falta para que sigan viviendo. Puedo decir que en nuestro caso concreto algo que le ahorró Nera y a la familia muchísimo sufrimiento fue la humanidad y la compasión de nuestra veterinaria y de otra veterinaria con la que consultamos. No fueron los tratamientos de última generación, las clínicas súper avanzadas ni las veterinarias ultra especializadas (que nos aconsejaron, incorrectamente, ciertas operaciones que habrían sido totalmente inútiles). Fueron dos veterinarias más generalistas, capaces de ver al paciente como un todo y no como un montón de piezas, humanas, cálidas y compasivas; conscientes de que a veces tenemos que dejar ir, y de que empecinarse en operar y tratar puede añadir sufrimiento sin sentido. No puedo enfatizar suficiente lo importante que ha sido contar con veterinarias honestas, humildes, humanas.

Transparencia. Me daba mucho miedo hacer ciertas preguntas a la veterinaria. Y creo que ha sido importantísimo hacerlas, evitar los eufemismos y ser claro con lo que pensaba, dudaba o no comprendía. Me es difícil verbalizar las cosas que me dan miedo, pero creo que ha facilitado mucho que existiese claridad entre la veterinaria y la familia. Desde evitar quedarme con dudas, a plantear cosas como “¿Cuánto le puede quedar? ¿Merece la pena operarla? ¿Qué harías tú? Creo que se está muriendo, ¿es verdad?”

Anticiparlo. Durante años, desde que Nera empezó a mostrar signos de vejez, problemas de articulaciones… Empecé a concienciarme de que antes o después iba a morir. A menudo la sacaba a pasear haciéndome consciente de que no sabía cuántos paseos nos quedaban juntos. Y la mimaba sabiendo que no podría mimarla siempre. Y lloré su vejez y su impermanencia, desde mucho antes de que muriese.

Generar recuerdos. Grabé sus huellas en arcilla, para mantenerla como recuerdo. Hice muchas fotos.

Informarme. Sobre la eutanasia, sobre la posibilidad de hacerlo en casa, etc.

Priorizarla. Pasar tiempo con ella, cuidarla, hacer lo necesario para no arrepentirme el día que se fuese.

Que me ayudó tras su muerte

Cuando le pusieron la inyección y su corazón dejó de latir, sus pulmones de respirar, y su cuerpo de moverse, para mí Nera seguía allí. Que se llevasen su cuerpo fuera para mí mucho más doloroso que el momento de la inyección, y esto no me lo esperaba. Había una gran identificación con aquel cuerpecito. Y fue muy doloroso dejarlo ir, imaginarla siendo transportada en una caja, en una furgoneta, dudar de si sería manipulada con cuidado y con respeto… Aquí algunas cosas que me ayudaron:

Hacerle un altar en mi casa. Con fotografías, con sus huellitas en arcilla, con flores, con una vela. Necesité crear esto para honrarla, para manifestar que está presente en nosotros, que la tenemos en cuenta, que somos conscientes de que ya no está y nos duele.

Hablarle (en mi imaginación, o al altar). Enviarle cariño, amor, ánimo para el viaje. Decirle que está presente, que la tengo presente todo el tiempo. Y sentirla presente, conectar con ella (simbólicamente). Era muy importante para mí sentir que no la estaba olvidando, que no estaba enterrando su recuerdo y “pasando a otra cosa” y que estaba honrando su vida y su muerte. Gradualmente a lo largo de los días y semanas fui naturalmente haciendo esto menos y menos.

Pedir a personas cercanas, alrededor del mundo, que le encendiesen una vela el día que murió. Necesitaba sentir la compañía de otros, y que la vida y la muerte de Nera habían sido algo importante. Que podía alterar el mundo. Me trajo mucho confort saber que en distintas partes del mundo había velas encendidas por ella.

Imaginarla a mi lado, paseando, cuando paso por el parque por el que solíamos pasear. Honrar su recuerdo.

Escribir, escribir cómo fue el proceso en mi diario. Escribir este texto también, meses después.

Compartir el proceso con alguna persona con la que me siento muy seguro y comprendido.

Ignorar a los imbéciles que te dicen que “solo es un perro” y que ahora “a adoptar otro” y tratar de no saltar sobre ellos para sacarles los ojos.

Una visión más espiritual/transcendental. No voy a entrar en detalles. Comprender que Nera nunca existió como algo fijo, rígido, que la Nera pequeñita no es la misma cosa que la Nera adulta o anciana, que mi mente crea la idea “Nera” como algo continuo que engloba todos esos momentos. Que cualquier ser vivo es parte de un proceso global e indistinguible de él, no delimitable. Que igual que un montón de materia y condiciones se reunieron para crear “Nera”, ahora esa materia está dispersa por el mundo siendo otras cosas. Que quizás todo el amor que tenía por ella no tiene que extinguirse, sino que lo puedo poner en ese mundo.

Aprendizajes y sorpresas

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Realidad externa e Imagen

Encuentro útil pensar lo siguiente: nuestros seres queridos (y todo en general) existen de dos formas. La primera forma es ahí fuera, en esa realidad que llamamos “mundo”; están compuestos de materia, y tienen pensamientos, emociones, etc. que se cimentan sobre esa materia; y cuando esa materia deja de funcionar de la manera que llamamos “estar vivo” cesan los pensamientos, las emociones, la consciencia. Pero también existen de otra forma: en nuestra mente, como imágenes, recuerdos, emociones, conceptos, etc. Y es con esta forma con la que interaccionamos todo el tiempo. Cuando nuestro ser querido no está, lo que experimentamos es nuestra “imagen mental” de ella (imagen no visual, sino en un sentido más amplio, incluyendo sentimientos, recuerdos, ideas, sensaciones corporales, etc.). Y cuando nuestro ser querido está presente, lo que percibimos también está teñido, filtrado, modificado por nuestra “imagen mental”.

¿Y por qué cuento todo eso? Porque cuando Nera se fue, mi imagen mental de ella seguía existiendo como si no hubiera muerto. En mi modelo mental, Nera seguía existiendo. Y eso significaba que en mi imaginación podía hablar con ella, podía enviarle ánimos, o podía imaginarla caminando junto a mí en el parque. Y eso me trajo un profundo alivio. Fue tremendamente útil crearle un altar para “enviarle fuerzas”, hablar con ella y recordarle que estaba con ella. No me estaba relacionando con la “Nera externa”, la material, ni con “su espíritu” ni con “su consciencia” ni con nada externo a mí mismo. Estaba relacionándome con mi imagen de Nera. Y el enorme alivio que me traía esto me hizo comprender hasta qué punto son reales para nosotros, o para nuestras mentes, las imágenes, y cómo atender nuestra relación con ellas es fundamental.

Identificación con el cuerpo

Me resultó más doloroso que recogiesen su cuerpo, e imaginarlo en una caja siendo transportado, manipulado, etc. que el momento en que Nera dejó de respirar. Cuando estaba tendida, inerte, para mí seguía ahí. Y sin embargo es obvio que no, que Nera ya no estaba ahí. Viví aquí lo que significa la “identificación con el cuerpo”. Fue una vivencia y no merece la pena intentar explicar más.

La muerte no existe

Nera estaba allí tendida, inerte. Y aquello también era vida. Vida con mayúsculas. Vida como cuando decimos “la vida es así”. Vida como proceso universal desplegándose. Yo miraba a Nera, que ya no se movía, que ya no respiraba, y no encontraba la muerte por ninguna parte. Sentí que la muerte es solo un concepto, una idea. Que vida y muerte no son dos caras de una moneda. Que la moneda entera es la vida, y que “muerte” solo es el nombre que le ponemos a un aspecto de ella. Que cuando yo muera y mi cuerpo esté inerte, como el suyo, la Vida sigue. No sé si es posible transmitir en palabras esta vivencia. Me trajo paz ante mi propia mortalidad.

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