Torear unicornios

Me gustaría aclarar que, al margen de cómo modere mi tono o postura en diferentes conversaciones, mi posición es que hacer sufrir a un animal para el disfrute humano nunca es justificable. Y sin duda las corridas de toros son el ejemplo paradigmático. Soy partidario de su abolición y a la vez me pregunto si existen fórmulas que permitan mantener vivas una estética y una parte artística (sin implicación de animales) que parecen importantes para un número de personas.

La manifestación llega al final de su recorrido, frente a la plaza de toros. Muchas personas están alrededor de la plaza o accediendo a ella para ver una corrida. Sorprende la indumentaria, las camisas, los zapatos. En la manifestación se corean consignas. Pero también insultos. Siento cada insulto que se grita hacia las personas de la plaza como una profunda humillación. Una humillación no de quienes var a ver los toros, sino de quienes nos manifestamos. ¿De qué sirve esto? ¿A quién sirve? Al otro lado de la calle, algunos (futuros) espectadores de la corrida se acercan, nos miran o nos insultan o hacen gestos despectivos. Oigo a uno de los manifestantes decirle a su acompañante, entre risas, algo así como «¿no les hará reflexionar esto?». Claro, como si que te llamen «paleto» invitase a la auto-reflexión.

Me alejo de este momento de humillación colectiva para intentar respirar un poco y decido cruzar la calle. Siento una enorme curiosidad por hablar con la gente que va a la corrida. ¿Qué piensan? ¿Qué les gusta de ir a ver una corrida? ¿Cómo se sienten al ver esta manifestación? Pregunto a una persona pero resulta que no está ni en un bando ni en otro, que solo estaba esperando por ahí. Pili me dice que respeta a unos y a otros, que entiende a los dos grupos. También me pregunta, refiriéndose a los manifestantes, si no comen pollo, ternera, cerdo… «Pues hay de todo, señora», le respondo, apreciando la ironía de la situación. Me aparto de un señor enrollado cual burrito en una bandera de España e intento preguntar a unos chicos jóvenes. Uno de ellos hace un rápido escaneo de mi indumentaria, mirándome de arriba a abajo. Durante un segundo me pregunto si me va a pedir tema, pero en lugar de eso soy rápidamente clasificado como «otro» y activamente ignorado. Maldita sea. La próxima vez debería vestirme pijo. Me encantaría formar un grupo de «cayetanos contra las corridas de toros», ir a las manifestaciones ataviados con náuticos, camisa y jersey y confundir profundamente a todo el mundo por igual.

Oigo algo sobre bombas y matarlos a todos, o algo así. Lo dice una chica encantadora con una camiseta que reza: «Nonviolence. Compassion. For the humans. For the animals». Me siento un poco confuso.

Horas después me subo al autobús. Está bastante lleno y algunas de las personas (náuticos, camisa y jersey) claramente vienen de los toros. Se sienta a mi lado una señora mayor, pero no tengo claro si viene de los toros. Como las señoras no llevan náuticos, camisa y jersey, a veces es un poco más difícil categorizarlas. Sobre todo si no van con un señor con náuticos, camisa y jersey. Pero la señora saca el móvil y, con volumen alto, se pone a repasar videos de la corrida. De toros. Manda cojones, no me puedo creer que al final acabe yo viendo a los toros. Después de revolverme un minuto entre el desagrado y la complacencia, gana el activismo y le digo: «Señora, ¿podría pedirle que no vea eso aquí? Es que me desagrada…». «¿No te gusta?». «No, me resulta desagradable». «Vale, lo siento… Pero puedes mirar para otro lado, ¿no?». «Ya, ya.. pero lo estoy oyendo y… puf…». «Vale, ya, ya, lo siento». Guarda el móvil. «¿No te gusta, eh?». «No, es que a mí me gustan mucho los animales y eso de verlos sufrir no me gusta…». «Ya, ya, a mí tampoco me gusta que sufran, no me gusta que maten al toro, ¿sabes? Me gustaría que no lo mataran, como en Portugal. Allí no lo matan». «Pues sí, estaría bien que no lo matasen. Pero aunque no lo maten, todo eso de clavarle banderillas y todo eso…». «Sí, sí, es verdad, a mí no me gusta que sufran tampoco». «¿Y qué es lo que le gusta de los toros?». «Pues me gusta el arte, el arte del torero». «¿Los movimientos, el estilo que tienen?». «Sí, sí, el arte que tienen. Y la música y todo eso. Pero que maten al toro, eso no me gusta». «Claro, estaría poder ver ese arte y ese estilo pero sin que sufra un animal, ¿no? Las tradiciones está bien que se actualicen y cambien». «Sí, sí, es verdad». Le digo que a mí también me gustaría apreciar ese arte y ese estilo si no sufriese un animal. Visualizo una versión actualizada del toreo, donde los toreros torean con su imaginación (lo cual, por cierto, permitiría torear cualquier tipo de animal real o mitológico). Me dice que puedo ver el principio (me parece entenderle que al inicio todavía no le clavan cosas al toro) y luego irme. Le digo que no quiero darles dinero. Me dice que lo puedo ver en la tele. Creo que no va a poder pillarlo y está bien, no voy a insistir y tampoco me atrevo a sugerir lo de los toreros que solo se imaginan al toro pero no hay toro. Me habla de grabados de la Creta minoica (Edad de Bronce) donde se aprecia que ya entonces tenían juegos con Toros, y de que parece que el ser humano tenga con dominar al toro. Me hace plantearme el toreo como manifestación de algo arquetípico y eterno, y en cómo literalizar lo arquetípico puede ser un profundo error, como cuando yo literalizo mi Eros pensando que necesito besarme con todo el mundo. Pero eso no se lo digo porque ella no está haciendo el curso de psicología arquetípica con Thomas Moore.

Seguimos hablando un buen rato de lo inteligentes que son los perros, los gatos, los delfines, las ballenas, los monos y de lo increíbles que son los documentales de la dos, que le gustan mucho. Me cuenta que de joven, en el zoo de Barcelona, había un recinto donde si les dabas un cigarrillo a los monos, lo cogían y fumaban. Pero había un mono jefe que, con un palo, golpeaba a los otros monos si intentaban coger el cigarrillo. Y lo cogía el y fumaba. Luego hablamos de cómo los animales notan terremotos antes que nosotros, y que nosotros también teníamos esa intuición pero la hemos perdido. Le explico que las ballenas tienen culturas y lenguajes, y que las orcas (que en realidad son delfines, no ballenas, pero no le explico esto porque soy una persona razonable) tienen un juego que consiste en llevar un salmón muerto en la cabeza («salmon hat!»). Consensuamos que los animales son increíbles y muy inteligentes, y que no los conocemos en absoluto. Que su gato la entiende mejor que ella a él. Que qué mal lo de los incendios. Y lo del amazonas. Y lo de que nos matemos entre nosotros también.

El autobús llega a su primera parada y mi querida acompañante (que según algunos de mis compañeros antitaurinos es una paleta y sus padres son hermanos) se tiene que bajar apresurada, pero noto el cariño cuando se despide de mí.